La luz del mediodía le dio de lleno en la cara. Se la tapó perezosamente con la almohada, pero pronto encontró inútil la tarea de intentar dormir de nuevo. Parpadeó un par de veces hasta que fue capaz de acostumbrarse a la claridad, y, cuando consiguió centrar su visión, se asustó. Palpó las inmaculadas sábanas de lino con desconfianza. Se sentó en la cama y observó su reflejo en el tocador.
Parecía haber envejecido diez años. Unas ojeras violáceas ensombrecían sus ojos castaños y le habían borrado todo signo de jovialidad. Su piel había perdido toda blancura y presentaba un tono amarillento. Tenía el pelo revuelto y un sudor frío recorría su frente y su espalda.
Catherine acarició delicadamente su abultado vientre y sonrió. Llevaba seis meses allí pero aún no se había acostumbrado a aquella cama, ni a aquella habitación. Pensó en su cuarto de la Vipére y casi pudo sentir el olor a incienso que impregnaba siempre la habitación, el calor de las velas, la suavidad del terciopelo de la colcha, la oscuridad de las telas, la penumbra…
Y sin embargo allí todos los muebles eran de un color suave, pálido, y toda la tela era de un blanco luminoso, al que no estaba acostumbrada. La sobriedad no daba lugar a ningún tipo de adorno más allá de un crucifijo simple encima del cabecero.
Pensó, indefectiblemente, en Victoria, y el estómago le dio un vuelco. Las palabras que le había gritado aquella última noche aún resonaban con total intensidad en su cabeza y, en sus días más bajos, eran capaces de arrancarle las más amargas lágrimas.
No había vuelto a verla y le llenaba de angustia pensar que jamás volvería a hacerlo. Pero ya no podía quejarse. Tenía al hombre más maravilloso del mundo sólo para ella, y, pronto, tendría a un hijo suyo entre los brazos.
Era feliz, absurdamente feliz, cuando no recordaba su pasado, pero era difícil no pensar estando postrada en aquella cama prácticamente las veinticuatro horas del día desde hacía meses.
Fue a levantarse pero un fortísimo dolor en la espalda le obligó a pararse. Intentó volverse a tender pero se vio imposibilitada. Intentó avanzar, pero entonces un dolor mucho más fuerte en el abdomen le obligó a parar. Se abrazó la abultada barriga como si intentara protegerla de un enemigo externo, pero el dolor estaba allí dentro de ella, consumiéndola.
De pronto, sintió el camisón extrañamente húmedo y pegado a su cuerpo. El pánico se apoderó de su ser: la sangre manaba a borbotones de entre sus piernas.
-¡Lilianne! ¡Lilianne! -aulló entre lágrimas, abrazándose de nuevo el vientre. -No, mi pequeño, -sollozó -tú tienes que vivir, tienes que ser el heredero de esta familia...
Cuando vino el médico, el agotamiento había podido con ella. Catherine despertó horas después y su vientre ya no presentaba ningún signo de haber albergado a un niño. Leonard estaba allí, vigilante. Ella esperaba palabras de consuelo y cariño y sólo encontró una mirada fría, dura, llena de reproche.
-No sirves para nada.
viernes, 28 de noviembre de 2008
viernes, 21 de noviembre de 2008
Veintiuno.
La lluvia caía incesante sobre la ciudad. Miré distraídamente las gotas estallar contra el cristal, inapetente, extrañamente malhumorada. Hundí la cara entre los surcos del terciopelo del diván y Antoine se acercó a mí con gesto preocupado.
-¡Petite! ¿Otra vez ese maldito bastardo?
No le hacía falta verme la cara para saber que había estado llorando. Se acercó a mí, hincó la rodilla contra el sillón y me zarandeó, suave pero firmemente.
-Guarda tus lágrimas para el día en el que algún desalmado me mate –acarició mis mejillas y sonrió. Me hubiera gustado responderle con una sonrisa, pero mis músculos se negaban a tensarse y sólo fui capaz de bajar la mirada. –Me parece increíble que un señorito de tan alto linaje pero tan bajo honor haya sido capaz de marchitar la flor más bella de todo el local. ¿Dónde está mi pequeña Victoria, aquella seductora jovencita que podía enloquecer a los más maduros hombres con una simple mirada?
-Muerta, Antoine, muerta –Y no mentía. Me costaba respirar. Mi cerebro se negaba a obedecer y me había sumido en una especie de vacío, en un letargo en el que sólo Edouard tenía cabida. Mis horas se reducían a pensar en él, y cada momento y cada palabra se transformaban en una lágrima.
-¡No digas tonterías, Victoria! –se levantó de un salto con la agilidad de una gacela y me encaró. Un rizo pelirrojo le cayó graciosamente sobre la frente y se lo apartó con un ademán. –Cualquier hombre estaría encantado de ocupar su lugar, y sé de ciertas mujeres que también.
-No lo entiendes –esbocé una sonrisa adusta, amarga.-A mí me dan igual los demás. Lo único que quiero es lo único que no consigo. Me pide matrimonio y un mes después ya está casado con otra. Y, para colmo de males, debo agradecerle que no me dejara plantada en el altar. No puedo quitármelo de la cabeza ni un momento; es más, cuanto más lejos está, más tiempo pasa en mi cerebro. ¿Lo merezco? ¿Realmente merezco esto? Me arrancaría el corazón de buena gana si consiguiera olvidarlo…
Sentí deseos de llorar otra vez. Hundí la cara contra las palmas de las manos y seguí sollozando incoherencias, olvidándome por un momento de que Antoine estaba a mi lado. Me echó un brazo por los hombros y me atrajo hacia él. Me recosté en su pecho, fuerte aunque no excesivamente musculoso, y le rodeé la cintura con el brazo.
-Nadie dijo que fuera fácil, cherie. Tus días seguirán siendo largos y dolorosos, pero llegará un momento en el que el sol vuelva a alumbrar el camino. Y ahí estaré yo. Y también Cath, y nuestra Madame. El que no es capaz de apreciar la perfección, no debe contemplarla, y mucho menos tener acceso a ella.
Me aferré a esas palabras como creo que sólo he hecho un par de veces más en mi vida. Acerqué los labios a su oído, y aunque fue apenas un susurro, pudo oír un “te quiero”.
-¡Petite! ¿Otra vez ese maldito bastardo?
No le hacía falta verme la cara para saber que había estado llorando. Se acercó a mí, hincó la rodilla contra el sillón y me zarandeó, suave pero firmemente.
-Guarda tus lágrimas para el día en el que algún desalmado me mate –acarició mis mejillas y sonrió. Me hubiera gustado responderle con una sonrisa, pero mis músculos se negaban a tensarse y sólo fui capaz de bajar la mirada. –Me parece increíble que un señorito de tan alto linaje pero tan bajo honor haya sido capaz de marchitar la flor más bella de todo el local. ¿Dónde está mi pequeña Victoria, aquella seductora jovencita que podía enloquecer a los más maduros hombres con una simple mirada?
-Muerta, Antoine, muerta –Y no mentía. Me costaba respirar. Mi cerebro se negaba a obedecer y me había sumido en una especie de vacío, en un letargo en el que sólo Edouard tenía cabida. Mis horas se reducían a pensar en él, y cada momento y cada palabra se transformaban en una lágrima.
-¡No digas tonterías, Victoria! –se levantó de un salto con la agilidad de una gacela y me encaró. Un rizo pelirrojo le cayó graciosamente sobre la frente y se lo apartó con un ademán. –Cualquier hombre estaría encantado de ocupar su lugar, y sé de ciertas mujeres que también.
-No lo entiendes –esbocé una sonrisa adusta, amarga.-A mí me dan igual los demás. Lo único que quiero es lo único que no consigo. Me pide matrimonio y un mes después ya está casado con otra. Y, para colmo de males, debo agradecerle que no me dejara plantada en el altar. No puedo quitármelo de la cabeza ni un momento; es más, cuanto más lejos está, más tiempo pasa en mi cerebro. ¿Lo merezco? ¿Realmente merezco esto? Me arrancaría el corazón de buena gana si consiguiera olvidarlo…
Sentí deseos de llorar otra vez. Hundí la cara contra las palmas de las manos y seguí sollozando incoherencias, olvidándome por un momento de que Antoine estaba a mi lado. Me echó un brazo por los hombros y me atrajo hacia él. Me recosté en su pecho, fuerte aunque no excesivamente musculoso, y le rodeé la cintura con el brazo.
-Nadie dijo que fuera fácil, cherie. Tus días seguirán siendo largos y dolorosos, pero llegará un momento en el que el sol vuelva a alumbrar el camino. Y ahí estaré yo. Y también Cath, y nuestra Madame. El que no es capaz de apreciar la perfección, no debe contemplarla, y mucho menos tener acceso a ella.
Me aferré a esas palabras como creo que sólo he hecho un par de veces más en mi vida. Acerqué los labios a su oído, y aunque fue apenas un susurro, pudo oír un “te quiero”.
miércoles, 12 de noviembre de 2008
Doce.
Candice se sentía terriblemente sola en aquel lugar lleno de gente. Se agazapó en la esquina, amparada por la penumbra de las velas y lámparas de gas y la embriaguez de sus moradores, que no repararían en ella.
Clavó la mirada en Victoria. Era, sin duda, la persona que más admiraba de toda la Vipère, más incluso que a la Madame, que la había recogido cuando no era más que una pobre niña rebuscando en la basura cualquier cosa que llevarse a la boca para engañar al estómago. Era hermosa, pero, ¿qué chica de la Vipére no lo era? Incluso ella misma era más linda que Victoria. No, no era su belleza lo que le gustaba a Candice, sino el carisma que desprendía, esa aura de seguridad en sí misma y dominio que la caracterizaban. Y era tan sociable…
Envidiaba profundamente a Catherine por tener la posibilidad de compartir sus secretos, de conocer su ser. A Antoine, por poder tocarla con familiaridad, por ser el destinatario de sus sonrisas. A la Madame, por ser capaz de consolarla y ayudarla en los momentos más duros y miserables.
Se dio cuenta entonces de que un profundísimo deseo hacia Victoria la embargaba y la sensación de vértigo la apresó por completo. Sintió miedo: no sólo deseaba ser como ella; la deseaba a ella. Deseaba poder ser ese caballero joven y apuesto que solía visitarla asiduamente, verla desnuda, poseerla, saber que disfrutaba estando a su lado.
Justo en ese instante, Victoria se dirigía hacia ella, bamboleando coquetamente las caderas y saludando a hombres de aquí y allá. Candice enrojeció y se pegó más a la pared, deseando desaparecer. Pero Victoria reparó en su presencia y le sonrió. Una sonrisa sólo para ella, radiante, maravillosa. Candice notó un desagradable vacío en el estómago.
Victoria nunca sería suya. Nunca. Y nunca sería como ella. Nunca.
Se dirigió lentamente por entre las sombras hasta la puerta trasera del burdel. Cogió un raído abrigo del perchero y caminó sin rumbo fijo hacia el canal.
-No lo soporto más –repetía una y otra vez mientras sus bolsillos se llenaban de piedras.
El río se extendía ante ella, turbio, alterado. Notó la fría brisa de noviembre acariciar su piel y revolver su pelo rubio. Cada paso que daba estaba más cerca del fin. Dejó que cada momento feliz la embargara. El agua gélida le calaba los huesos y pronto inundó su boca y su nariz. El aire no llegaba bien a sus pulmones. Su cuerpo se resistía y se negaba a no nadar. Pero el recuerdo de Victoria acudió a su mente. De haber podido sonreír, lo hubiera hecho. Su sonrisa…
No más dolor para Candice. Jamás.
Clavó la mirada en Victoria. Era, sin duda, la persona que más admiraba de toda la Vipère, más incluso que a la Madame, que la había recogido cuando no era más que una pobre niña rebuscando en la basura cualquier cosa que llevarse a la boca para engañar al estómago. Era hermosa, pero, ¿qué chica de la Vipére no lo era? Incluso ella misma era más linda que Victoria. No, no era su belleza lo que le gustaba a Candice, sino el carisma que desprendía, esa aura de seguridad en sí misma y dominio que la caracterizaban. Y era tan sociable…
Envidiaba profundamente a Catherine por tener la posibilidad de compartir sus secretos, de conocer su ser. A Antoine, por poder tocarla con familiaridad, por ser el destinatario de sus sonrisas. A la Madame, por ser capaz de consolarla y ayudarla en los momentos más duros y miserables.
Se dio cuenta entonces de que un profundísimo deseo hacia Victoria la embargaba y la sensación de vértigo la apresó por completo. Sintió miedo: no sólo deseaba ser como ella; la deseaba a ella. Deseaba poder ser ese caballero joven y apuesto que solía visitarla asiduamente, verla desnuda, poseerla, saber que disfrutaba estando a su lado.
Justo en ese instante, Victoria se dirigía hacia ella, bamboleando coquetamente las caderas y saludando a hombres de aquí y allá. Candice enrojeció y se pegó más a la pared, deseando desaparecer. Pero Victoria reparó en su presencia y le sonrió. Una sonrisa sólo para ella, radiante, maravillosa. Candice notó un desagradable vacío en el estómago.
Victoria nunca sería suya. Nunca. Y nunca sería como ella. Nunca.
Se dirigió lentamente por entre las sombras hasta la puerta trasera del burdel. Cogió un raído abrigo del perchero y caminó sin rumbo fijo hacia el canal.
-No lo soporto más –repetía una y otra vez mientras sus bolsillos se llenaban de piedras.
El río se extendía ante ella, turbio, alterado. Notó la fría brisa de noviembre acariciar su piel y revolver su pelo rubio. Cada paso que daba estaba más cerca del fin. Dejó que cada momento feliz la embargara. El agua gélida le calaba los huesos y pronto inundó su boca y su nariz. El aire no llegaba bien a sus pulmones. Su cuerpo se resistía y se negaba a no nadar. Pero el recuerdo de Victoria acudió a su mente. De haber podido sonreír, lo hubiera hecho. Su sonrisa…
No más dolor para Candice. Jamás.
sábado, 18 de octubre de 2008
Dieciocho.
El negro de su vestimenta contrastaba enormemente con la palidez de su marmóreo rostro. Sus ojos miel recorrieron inquisidoramente todo el local, bañado con una luz rosada que le daba un aire etéreo, de Edén del vicio y el placer. Esbozó una sonrisa despectiva y el desdén se apoderó de su expresión. Observó a las parejas que retozaban en las esquinas; a las que reían escandalosamente, presas del alcohol; a los ancianos poderosos pero demasiado débiles que se contentaban simplemente con mirar a las jovencitas ataviadas con sus carísimos y sensuales corsés de las más finas telas.“Vaya sitio tan vulgar.” Quiso irse de allí, a pesar de que sus acompañantes lo habían encerrado en una espiral de humo y conversaciones sobre política y economía que no podía evitar. Pero fue en ese entonces cuando la vio. Le pareció la mujer más bella sobre la faz de la Tierra; la mezcla perfecta entre inocencia y feminidad.
Cuando Catherine salió de su habitación, caminó por el pasillo en penumbra, sin reparar en los gritos y gemidos de la más diversa índole que salían de los demás cuartos, y llegó al salón central. Buscó a Antoine con un vistazo rápido, pero su atención se dirigió al instante a los nuevos clientes de La Vipère. Y entonces lo vio. A pesar de ese aire de joven enfermizo, le pareció un hombre hermoso.
Sus miradas se cruzaron. Él sintió una incomprensible y desmesurada atracción. Ella notó un desagradable cosquilleo en el estómago y lo clasificó como amor a primera vista. Dudaron. ¿Sería buena idea acercarse?
-Disculpadme –se levantó de la mesa, con la vista fija en Catherine, y echó a andar hacia ella. La inspeccionó con mayor detalle. Catherine analizó detenidamente sus gestos, sus facciones, su complexión. Le cogió la mano y la besó con suavidad. Ella se sonrojó como la niña que recibe su primer cumplido.
-Léonard Diehl, para servirla.
Inclinado ligeramente, levantó la cabeza y clavó los ojos en ella. Catherine enrojeció aún más y apenas pudo pronunciar su nombre, aunque intentó arreglarlo con una tímida sonrisa.
-¿No hay un apellido con el que pueda identificaros?
-En la Vipère Noire un apellido no es importante.
Léonard sonrió. No podía creer que algo tan puro viviera en un lugar como ése. Fue entonces cuando un único pensamiento llenó su cabeza: devolverle la decencia perdida convirtiéndola en su esposa.
Catherine le agarró la mano sonriendo, y él vio en su gesto una confirmación de sus planes. Caminaron hasta su habitación en silencio.
Aquella fue la primera de muchas otras noches.
El principio del fin.
Cuando Catherine salió de su habitación, caminó por el pasillo en penumbra, sin reparar en los gritos y gemidos de la más diversa índole que salían de los demás cuartos, y llegó al salón central. Buscó a Antoine con un vistazo rápido, pero su atención se dirigió al instante a los nuevos clientes de La Vipère. Y entonces lo vio. A pesar de ese aire de joven enfermizo, le pareció un hombre hermoso.
Sus miradas se cruzaron. Él sintió una incomprensible y desmesurada atracción. Ella notó un desagradable cosquilleo en el estómago y lo clasificó como amor a primera vista. Dudaron. ¿Sería buena idea acercarse?
-Disculpadme –se levantó de la mesa, con la vista fija en Catherine, y echó a andar hacia ella. La inspeccionó con mayor detalle. Catherine analizó detenidamente sus gestos, sus facciones, su complexión. Le cogió la mano y la besó con suavidad. Ella se sonrojó como la niña que recibe su primer cumplido.
-Léonard Diehl, para servirla.
Inclinado ligeramente, levantó la cabeza y clavó los ojos en ella. Catherine enrojeció aún más y apenas pudo pronunciar su nombre, aunque intentó arreglarlo con una tímida sonrisa.
-¿No hay un apellido con el que pueda identificaros?
-En la Vipère Noire un apellido no es importante.
Léonard sonrió. No podía creer que algo tan puro viviera en un lugar como ése. Fue entonces cuando un único pensamiento llenó su cabeza: devolverle la decencia perdida convirtiéndola en su esposa.
Catherine le agarró la mano sonriendo, y él vio en su gesto una confirmación de sus planes. Caminaron hasta su habitación en silencio.
Aquella fue la primera de muchas otras noches.
El principio del fin.
domingo, 12 de octubre de 2008
12.Octubre.08
¿Os habéis sentido alguna vez la peor persona que pueda habitar el mundo? Si es así, entonces entenderéis de qué hablo.
Veréis, un día como hoy, hace exactamente cuatro años, dejé de existir. Sé que os preguntáis el por qué de tan dolorosa y vehemente afirmación. Bien, como podéis ver, no estoy muerta. Respiro, mi corazón late, la sangre fluye por mis venas. Pero tampoco estoy viva.
¿Creéis en el alma? Yo sí. Creo en ella porque sé lo que es perderla. Sé lo que es notar cómo te es arrancada de la forma más cruel, cuando menos te lo esperas. Sé lo que es intentar seguir sin ella y que, con el transcurso de los días, seas plenamente consciente de que cualquier esfuerzo ha sido en vano.
Hoy olvidé la causa de mi cese de existencia. Hoy recordé que no necesito martirizarme.
Pero me odio por ello. Me odio por no tenerle siempre en mi pensamiento. Me odio por nombrarle en contadísimas ocasiones. Me odio porque días como hoy deberían ser tristes y melancólicos y no lo han sido.
Allá donde estés, querida alma mía, has de saber que cualquier sentimiento benigno o hermoso es para ti.
Veréis, un día como hoy, hace exactamente cuatro años, dejé de existir. Sé que os preguntáis el por qué de tan dolorosa y vehemente afirmación. Bien, como podéis ver, no estoy muerta. Respiro, mi corazón late, la sangre fluye por mis venas. Pero tampoco estoy viva.
¿Creéis en el alma? Yo sí. Creo en ella porque sé lo que es perderla. Sé lo que es notar cómo te es arrancada de la forma más cruel, cuando menos te lo esperas. Sé lo que es intentar seguir sin ella y que, con el transcurso de los días, seas plenamente consciente de que cualquier esfuerzo ha sido en vano.
Hoy olvidé la causa de mi cese de existencia. Hoy recordé que no necesito martirizarme.
Pero me odio por ello. Me odio por no tenerle siempre en mi pensamiento. Me odio por nombrarle en contadísimas ocasiones. Me odio porque días como hoy deberían ser tristes y melancólicos y no lo han sido.
Allá donde estés, querida alma mía, has de saber que cualquier sentimiento benigno o hermoso es para ti.
Siempre tuya.
R.I.P
martes, 7 de octubre de 2008
Siete.
-¿Por qué estás aquí, Edouard? ¿Te gusta torturarme, no es cierto?
Exhaló el humo del cigarro y una media sonrisa surcó su rostro. Sentí un vacío en el estómago y luché estoicamente contra el irrefrenable deseo de lanzarme a él, abandonarme al placer y olvidar cualquier enfado. Ciento ochenta y cinco días sin él. Más de seis meses de condena. De libertad, quiero decir. Me sobrepuse y le miré inquisidoramente.
-¿Qué quieres?
-Victoria, Victoria. Hace tanto tiempo que no nos vemos… ¿Es así como tratas a los viejos amigos?
Reí. –Tú y yo no hemos sido amigos jamás, querido.
-Cierto. Entre nosotros siempre ha habido algo más… especial – aplastó el cigarro y se levantó, dispuesto a abrazarme, pero me aparté haciendo un acopio de toda mi fuerza de voluntad.
Le había echado tanto de menos que me parecía imposible rechazar lo que pudiera ofrecerme. Me sentí estúpida, débil, absolutamente ilógica.
-No has respondido a mi pregunta, Edouard. ¿A qué has venido? ¿Tu mujer es una frígida, verdad? Se…
Ni siquiera había terminado de pronunciar la palabra siguiente cuando sus labios ya estaban pegados a los míos y su lengua jugueteaba con la mía indecentemente. Me aprisionó entre su cuerpo y la pared y por un momento la cara de mi padre apareció en mi mente con total nitidez. Y recordé unas manos ancianas recorrer mi cuerpo infantil con lascivia, una voz grave susurrando en mi oído entre gemidos palabras obscenas, el dolor intensísimo tras la primera penetración, el miedo, la obligación, la mácula marcando mi piel…
-Para…-dije entre sollozos a la presencia de mi memoria, apenas consciente de que no era él quien me tocaba.-Basta ya…
Pero Edouard ni siquiera me escuchaba y cuando quise darme cuenta ambos estábamos desnudos. Me retorcí violentamente y me libré de él con un empujón.
-¡Basta, Edouard! Fuera de aquí, ¡fuera! No vuelvas a poner un pie en esta habitación lo que te resta de vida. ¡Largo!
No se inmutó. Me miró con escepticismo y acto seguido sonrió.
-Sabes que tarde o temprano volverás a mí, como tantas otras veces.
Hubiera podido en ese preciso instante golpearle hasta quedar exhausta si eso le quitara un ápice de verdad a sus palabras. Mi orgullo habló por mí esta vez:
-No. Ya no quiero ser partícipe de esta relación abusiva. Ya no quiero que vayas y vengas cuando más te interese, sin tener en cuenta mis deseos o mis necesidades. Se acabó.
Exhaló el humo del cigarro y una media sonrisa surcó su rostro. Sentí un vacío en el estómago y luché estoicamente contra el irrefrenable deseo de lanzarme a él, abandonarme al placer y olvidar cualquier enfado. Ciento ochenta y cinco días sin él. Más de seis meses de condena. De libertad, quiero decir. Me sobrepuse y le miré inquisidoramente.
-¿Qué quieres?
-Victoria, Victoria. Hace tanto tiempo que no nos vemos… ¿Es así como tratas a los viejos amigos?
Reí. –Tú y yo no hemos sido amigos jamás, querido.
-Cierto. Entre nosotros siempre ha habido algo más… especial – aplastó el cigarro y se levantó, dispuesto a abrazarme, pero me aparté haciendo un acopio de toda mi fuerza de voluntad.
Le había echado tanto de menos que me parecía imposible rechazar lo que pudiera ofrecerme. Me sentí estúpida, débil, absolutamente ilógica.
-No has respondido a mi pregunta, Edouard. ¿A qué has venido? ¿Tu mujer es una frígida, verdad? Se…
Ni siquiera había terminado de pronunciar la palabra siguiente cuando sus labios ya estaban pegados a los míos y su lengua jugueteaba con la mía indecentemente. Me aprisionó entre su cuerpo y la pared y por un momento la cara de mi padre apareció en mi mente con total nitidez. Y recordé unas manos ancianas recorrer mi cuerpo infantil con lascivia, una voz grave susurrando en mi oído entre gemidos palabras obscenas, el dolor intensísimo tras la primera penetración, el miedo, la obligación, la mácula marcando mi piel…
-Para…-dije entre sollozos a la presencia de mi memoria, apenas consciente de que no era él quien me tocaba.-Basta ya…
Pero Edouard ni siquiera me escuchaba y cuando quise darme cuenta ambos estábamos desnudos. Me retorcí violentamente y me libré de él con un empujón.
-¡Basta, Edouard! Fuera de aquí, ¡fuera! No vuelvas a poner un pie en esta habitación lo que te resta de vida. ¡Largo!
No se inmutó. Me miró con escepticismo y acto seguido sonrió.
-Sabes que tarde o temprano volverás a mí, como tantas otras veces.
Hubiera podido en ese preciso instante golpearle hasta quedar exhausta si eso le quitara un ápice de verdad a sus palabras. Mi orgullo habló por mí esta vez:
-No. Ya no quiero ser partícipe de esta relación abusiva. Ya no quiero que vayas y vengas cuando más te interese, sin tener en cuenta mis deseos o mis necesidades. Se acabó.
miércoles, 24 de septiembre de 2008
Veinticuatro.
-No quiero estar sola -gemí. -No quiero estar sola nunca más. Vuelve... Vuelve... ¿Por qué te has ido? Quiero que vuelvas. No quiero este sentimiento de vacío. Vuelve...
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