-No sirves para nada.
Catherine lo miró sin comprender. Estaba exhausta a pesar de las innumerables horas de sueño; la tristeza caía sobre ella como una losa y se había adueñado de sus ganas de vivir.
Un sentimiento de culpabilidad extremo se apoderó de ella y sintió miedo. Nunca había visto los ojos castaños de Léonard brillar con tal fiereza, ni su semblante adoptar una expresión tan grave, cercana al odio. Se quedó ahí parada sin saber cómo actuar, esperando.
-Eres una completa inútil, niña. –Se levantó casi sin mirarla, como si así pudiera borrar su presencia. Catherine sintió cómo sus ojos se inundaban de lágrimas y su barbilla comenzaba a temblar. Musitó su nombre, pero él siguió su camino sin hacerle el menor caso. Ella reunió toda la fuerza que su pobre cuerpo le permitió y gateó sobre la cama hasta él.
-¡Léonard, mi amor! No te vayas así, yo…
-Calla.
El bofetón resonó en toda la estancia. Catherine cayó hacia atrás con todo su peso; la quemazón en la mejilla era casi insoportable. Un dolor agudísimo en la muñeca la hizo sollozar y él detuvo en seco su avance.
-¡Calla, puta! ¿Te parece eso dolor?
Aquel golpe fue más fuerte. Intentó protegerse con las manos pero él le retorció la muñeca. El crujido fue aterrador; su grito desgarró el silencio. Pero Léonard estaba poseído por un sentimiento maligno, un maremágnum de odio y furia.
-¡Tú has perdido a mi hijo! ¡Tú, bastarda!, –aulló mientras la pegaba aún con más fuerza. -¡Sólo tenías que darme eso y no has sido capaz!
Catherine se retorcía violentamente tratando de esquivar sus puñetazos, pero estaba extenuada. Gritaba pidiendo auxilio pero ninguna criada acudía a su encuentro: allí no estaba Mousse para socorrerla con sus varoniles brazos.
De pronto, tan rápido como había empezado, él se levantó y se fue. Se atusó la ropa sin siquiera mirarla y la dejó allí tirada. Catherine se acomodó con dificultad en la cama, temerosa de que un movimiento brusco acrecentara el dolor. Sin embargo, ningún dolor podría ser más intenso que tener que soportar aquella mirada. Cerró los ojos para no ver la sangre que manaba a borbotones de su labio partido crear un cerco a su alrededor. Se agazapó como pudo, sintiéndose débil y desprotegida. No era más que una pobre niña magullada…
miércoles, 28 de enero de 2009
lunes, 19 de enero de 2009
Diecinueve.
Cuando uno de los empleados de la familia Decroix llegó a la Vipére con un sobre para mí, no pude sino sorprenderme. Saqué el pequeño trozo de papel y enseguida descubrí su caligrafía pequeña y desigual.
A las 7 un coche pasará a buscarte. No acepto un “no” por respuesta. Edouard
Sonreí, y, durante un perverso momento, pensé en negarme, pero la curiosidad era más fuerte que cualquier deseo de molestarle. Levanté la vista hacia el hombre, que me miraba expectante, y asentí, sacando de la cómoda unas cuantas monedas y depositándolas en sus manos.
Pasé todo el día dándole vueltas a la proposición, como la joven indecisa a la que le acaban de pedir matrimonio, como una actriz que no sabe si aceptar un papel que puede llevarla al éxito más rotundo o al fracaso más absoluto.
-¿Vas a irte con el señorito? – Catherine abrió la boca sorprendida, mirándome con los ojos brillantes desde mi cama.
Reí; siempre me había encantado su forma de nombrarle. –Así es-. Mis ojos la buscaron a través del espejo del tocador mientras me empolvaba la cara.
-A Madame Black no le gustará; ya sabes lo que opina de involucrarse tanto con un cliente. Y más si hablamos de un Decroix.
-Lo sé. –Mis ojos se perdieron por un momento en la visión del espejo. Agité ligeramente la cabeza y me giré para mirarla.-Pero es mi día libre. Además, yo sólo voy a airearme y quizá tomar un té en algún salón. –Sonreí.- ¿Me cepillas el pelo?
Un elegante automóvil llegó a la hora indicada. El sol aún brillaba con fuerza, negándose a diluirse en la incipiente negrura.
El trayecto se me hizo eterno. El traqueteo era molesto; el calor, aunque remitía, hacía que la tela lila de la falda se me pegara a la piel y ni siquiera el abanico de encaje negro me aliviaba con su suave brisa. Pensé, resignada, que cualquier sufrimiento era poco si conseguía que me viera como la dama que había sido, que seguía siendo.
El vehículo paró de improviso en una de las calles comerciales más famosas y concurridas del momento. Edouard me esperaba en la acera, impecable, bello. Bajé ágilmente, sonriéndole, y él me devolvió una sonrisa diferente a la altiva que siempre solía lucir. Me llevó del brazo hasta una cafetería.
El salón era elegante, lleno de muebles de cedro y telas de color neutro, iluminado a estas horas por pequeñas lámparas de luz amarillenta. Se respiraba tabaco caro, coñac, brandy. Las conversaciones estaban llenas de voces masculinas que farfullaban sobre política o economía y ensordecían las notas tenues de un piano sonando muy lejos de allí. Cuando entramos, todas las cabezas se giraron hacia nosotros.
-Bienvenido, señor Decroix. –Un hombre enjuto y encorvado vestido con un uniforme pulcramente lavado y planchado se inclinó ligeramente. –Vaya, qué hermosa su acompañante. Bienvenida, señorita. –Hizo una reverencia más pronunciada. –Pasen por aquí.
Nos guió a través de un pasillo forrado con retratos de hombres imponentes y rasgos adustos y fieros. Nuestros pasos resonaban amortiguados por el suelo enmoquetado. Un aroma dulzón inundaba mis fosas nasales según nos adentrábamos en una sensual penumbra.
La sala no era más grande que mi habitación de la Vipére. Las cuatro esquinas estaba cubiertas con rinconeras de cuero. Un hombre gordo sobaba a una jovencita algo mayor que yo con descaro, con sus ojos porcinos brillando con lujuria. En otra esquina, una mujer de dudosa belleza, borracha y pintarrajeada al extremo intentaba sin éxito entretener a un hombre de nariz aguileña y perpetuo gesto de repugnancia. Ellos levantaron la vista a mi paso; ellas escondieron risitas tontas cuando vieron a Edouard. Qué espectáculo tan vulgar, qué lamentable.
Contuve la ira que me embargaba disimulándola a duras penas bajo una máscara de serenidad, pero estallé en cuanto volvió el bullicio natural.
-¿Ni siquiera fuera de mi hogar vas a dejar de considerarme una prostituta? No sé para qué me traes aquí entonces; en la Vipére habríamos estado mucho más a gusto. Al menos, no tendría que soportar todas esas miradas inquisidoras.
-¡Vamos, Victoria! –resopló Edouard. –Te he traído aquí porque es mi sitio favorito, y si he elegido esta hora y no otra es porque no soporto las voces agudas de las altas damas graznando cotilleos y risitas mientras toman el té de las 5-. Ladeó la cabeza.- Sé que tú tampoco.
Callé para no dar pie a una de esas discusiones absurdas que tanto adorábamos. Charlamos hasta que la oscuridad se cernió sobre las calles, amortiguada únicamente por las luces ambarinas de las farolas. Cuando salimos del local, el aire era fresco y agradable; un descanso para la torridez de la mañana. Llegamos a uno de los puentes desde donde el río se extendía en toda su magnificencia, calmo e imponente. Me apoyé contra el saliente de piedra caliente, observando las luces cambiantes, y Edouard se colocó de súbito tras de mí, lo suficientemente cerca como para la sentirlo y lo suficientemente lejos como para desearlo.
-Cierra los ojos.-Su voz de niño travieso me hizo sonreír.
-¿Qué clase de barbaridades vas a hacerme mientras los tenga cerrados? Te recuerdo que soy una señorita recatada.
Rió. –Alguna que sin duda te gustará.
Noté algo metálico posarse entre mis clavículas, y algo más suave que el raso acariciar la piel por la que pasaba. La frialdad de un broche cerrándose en torno a mi cuello me hizo estremecer ligeramente.
-Ya puedes abrirlos –susurró Edouard en mi oído.
Palpé con ansiedad la gargantilla, deseando tener algún espejo cerca. Rocé la seda con los dedos; descubrí las formas de un camafeo con un marco de plata. Estaba totalmente inundada por una febril felicidad, un cosquilleo incierto recorriendo mi piel. Le miré con ojos brillantes y mis labios comenzaron a dibujar una sonrisa, pero, de pronto, la desconfianza borró toda dicha de un soplido.
-¿Por qué me regalas esto?
Pareció absolutamente decepcionado ante la pregunta. Se separó de mí bruscamente y su rostro se torció en un mohín de repugnancia.
-¿Es que no eres capaz de aceptar un mísero regalo sin mal pensar? –gritó, dando un par de vueltas sobre sí mismo. -Victoria, por Dios, no necesito comprarte con obsequios. Si te lo he regalado es, simplemente, porque quiero que lo tengas. –Fijó la mirada en mí, y de pronto su expresión se tornó triste y pensativa. –Era de mi abuela.
Bajé la vista, avergonzada, incapaz de encontrar alguna excusa que me siguiera permitiendo tener razón. Un silencio incómodo se había interpuesto entre nosotros y Edouard echó a andar alejándose de allí. El vacío estrujó mi pecho con una violencia inusitada.
-Lo siento.
No pude decir nada más, pero no fue necesario. Se detuvo, sorprendido. Inspiré hondo; tendría que tragarme el orgullo si quería que no se fuera de allí. Y, creedme, realmente quería que se quedara.
-Nunca pensé que fueras capaz de entregarme algo tan valioso para ti.
Soltó un bufido y se encogió de hombros, moviendo de lado a lado la cabeza.
-No eres capaz de imaginarte lo agradecida que me siento, Edouard.
Me miró por el rabillo del ojo y sonrió; seguiría torturándome hasta quedar completamente satisfecho.
-¿No tienes nada más que decir, querida? -Ante mi silencio, echó a andar. -Bueno, está bien. Au revoir, mademoiselle.
Avancé con rapidez hacia él hasta alcanzarle. Le cogí un brazo y le obligué a girarse.
-Edouard, no me hagas esto.
Mi voz se quebró de pronto. Mi cara suplicante le dibujó una sonrisa macabra en el perfecto rostro.
-Dilo.
Sentí cómo el pánico me estrujaba las entrañas. Mi orgullo me impedía ceder, me impedía pronunciar lo que el quería oír aunque deseara decírselo desde ese día y para siempre. Le atraje hacia mí; su cara se tornó lasciva y altiva a un tiempo. Mis labios se acercaron a su oído, curvándose para pronunciar un "te quiero" que nunca salió. Mis manos se adelantaron a mi voz como si quisieran impedir el desastre y obligaron a nuestros labios sellarse. Él intentó apartarse, contrariado por no haber conseguido su propósito, pero el deseo era más fuerte, y la sensación de victoria mucho más placentera que cualquier palabra vacua.
Ella se había rendido, lo sabía.
A las 7 un coche pasará a buscarte. No acepto un “no” por respuesta. Edouard
Sonreí, y, durante un perverso momento, pensé en negarme, pero la curiosidad era más fuerte que cualquier deseo de molestarle. Levanté la vista hacia el hombre, que me miraba expectante, y asentí, sacando de la cómoda unas cuantas monedas y depositándolas en sus manos.
Pasé todo el día dándole vueltas a la proposición, como la joven indecisa a la que le acaban de pedir matrimonio, como una actriz que no sabe si aceptar un papel que puede llevarla al éxito más rotundo o al fracaso más absoluto.
-¿Vas a irte con el señorito? – Catherine abrió la boca sorprendida, mirándome con los ojos brillantes desde mi cama.
Reí; siempre me había encantado su forma de nombrarle. –Así es-. Mis ojos la buscaron a través del espejo del tocador mientras me empolvaba la cara.
-A Madame Black no le gustará; ya sabes lo que opina de involucrarse tanto con un cliente. Y más si hablamos de un Decroix.
-Lo sé. –Mis ojos se perdieron por un momento en la visión del espejo. Agité ligeramente la cabeza y me giré para mirarla.-Pero es mi día libre. Además, yo sólo voy a airearme y quizá tomar un té en algún salón. –Sonreí.- ¿Me cepillas el pelo?
Un elegante automóvil llegó a la hora indicada. El sol aún brillaba con fuerza, negándose a diluirse en la incipiente negrura.
El trayecto se me hizo eterno. El traqueteo era molesto; el calor, aunque remitía, hacía que la tela lila de la falda se me pegara a la piel y ni siquiera el abanico de encaje negro me aliviaba con su suave brisa. Pensé, resignada, que cualquier sufrimiento era poco si conseguía que me viera como la dama que había sido, que seguía siendo.
El vehículo paró de improviso en una de las calles comerciales más famosas y concurridas del momento. Edouard me esperaba en la acera, impecable, bello. Bajé ágilmente, sonriéndole, y él me devolvió una sonrisa diferente a la altiva que siempre solía lucir. Me llevó del brazo hasta una cafetería.
El salón era elegante, lleno de muebles de cedro y telas de color neutro, iluminado a estas horas por pequeñas lámparas de luz amarillenta. Se respiraba tabaco caro, coñac, brandy. Las conversaciones estaban llenas de voces masculinas que farfullaban sobre política o economía y ensordecían las notas tenues de un piano sonando muy lejos de allí. Cuando entramos, todas las cabezas se giraron hacia nosotros.
-Bienvenido, señor Decroix. –Un hombre enjuto y encorvado vestido con un uniforme pulcramente lavado y planchado se inclinó ligeramente. –Vaya, qué hermosa su acompañante. Bienvenida, señorita. –Hizo una reverencia más pronunciada. –Pasen por aquí.
Nos guió a través de un pasillo forrado con retratos de hombres imponentes y rasgos adustos y fieros. Nuestros pasos resonaban amortiguados por el suelo enmoquetado. Un aroma dulzón inundaba mis fosas nasales según nos adentrábamos en una sensual penumbra.
La sala no era más grande que mi habitación de la Vipére. Las cuatro esquinas estaba cubiertas con rinconeras de cuero. Un hombre gordo sobaba a una jovencita algo mayor que yo con descaro, con sus ojos porcinos brillando con lujuria. En otra esquina, una mujer de dudosa belleza, borracha y pintarrajeada al extremo intentaba sin éxito entretener a un hombre de nariz aguileña y perpetuo gesto de repugnancia. Ellos levantaron la vista a mi paso; ellas escondieron risitas tontas cuando vieron a Edouard. Qué espectáculo tan vulgar, qué lamentable.
Contuve la ira que me embargaba disimulándola a duras penas bajo una máscara de serenidad, pero estallé en cuanto volvió el bullicio natural.
-¿Ni siquiera fuera de mi hogar vas a dejar de considerarme una prostituta? No sé para qué me traes aquí entonces; en la Vipére habríamos estado mucho más a gusto. Al menos, no tendría que soportar todas esas miradas inquisidoras.
-¡Vamos, Victoria! –resopló Edouard. –Te he traído aquí porque es mi sitio favorito, y si he elegido esta hora y no otra es porque no soporto las voces agudas de las altas damas graznando cotilleos y risitas mientras toman el té de las 5-. Ladeó la cabeza.- Sé que tú tampoco.
Callé para no dar pie a una de esas discusiones absurdas que tanto adorábamos. Charlamos hasta que la oscuridad se cernió sobre las calles, amortiguada únicamente por las luces ambarinas de las farolas. Cuando salimos del local, el aire era fresco y agradable; un descanso para la torridez de la mañana. Llegamos a uno de los puentes desde donde el río se extendía en toda su magnificencia, calmo e imponente. Me apoyé contra el saliente de piedra caliente, observando las luces cambiantes, y Edouard se colocó de súbito tras de mí, lo suficientemente cerca como para la sentirlo y lo suficientemente lejos como para desearlo.
-Cierra los ojos.-Su voz de niño travieso me hizo sonreír.
-¿Qué clase de barbaridades vas a hacerme mientras los tenga cerrados? Te recuerdo que soy una señorita recatada.
Rió. –Alguna que sin duda te gustará.
Noté algo metálico posarse entre mis clavículas, y algo más suave que el raso acariciar la piel por la que pasaba. La frialdad de un broche cerrándose en torno a mi cuello me hizo estremecer ligeramente.
-Ya puedes abrirlos –susurró Edouard en mi oído.
Palpé con ansiedad la gargantilla, deseando tener algún espejo cerca. Rocé la seda con los dedos; descubrí las formas de un camafeo con un marco de plata. Estaba totalmente inundada por una febril felicidad, un cosquilleo incierto recorriendo mi piel. Le miré con ojos brillantes y mis labios comenzaron a dibujar una sonrisa, pero, de pronto, la desconfianza borró toda dicha de un soplido.
-¿Por qué me regalas esto?
Pareció absolutamente decepcionado ante la pregunta. Se separó de mí bruscamente y su rostro se torció en un mohín de repugnancia.
-¿Es que no eres capaz de aceptar un mísero regalo sin mal pensar? –gritó, dando un par de vueltas sobre sí mismo. -Victoria, por Dios, no necesito comprarte con obsequios. Si te lo he regalado es, simplemente, porque quiero que lo tengas. –Fijó la mirada en mí, y de pronto su expresión se tornó triste y pensativa. –Era de mi abuela.
Bajé la vista, avergonzada, incapaz de encontrar alguna excusa que me siguiera permitiendo tener razón. Un silencio incómodo se había interpuesto entre nosotros y Edouard echó a andar alejándose de allí. El vacío estrujó mi pecho con una violencia inusitada.
-Lo siento.
No pude decir nada más, pero no fue necesario. Se detuvo, sorprendido. Inspiré hondo; tendría que tragarme el orgullo si quería que no se fuera de allí. Y, creedme, realmente quería que se quedara.
-Nunca pensé que fueras capaz de entregarme algo tan valioso para ti.
Soltó un bufido y se encogió de hombros, moviendo de lado a lado la cabeza.
-No eres capaz de imaginarte lo agradecida que me siento, Edouard.
Me miró por el rabillo del ojo y sonrió; seguiría torturándome hasta quedar completamente satisfecho.
-¿No tienes nada más que decir, querida? -Ante mi silencio, echó a andar. -Bueno, está bien. Au revoir, mademoiselle.
Avancé con rapidez hacia él hasta alcanzarle. Le cogí un brazo y le obligué a girarse.
-Edouard, no me hagas esto.
Mi voz se quebró de pronto. Mi cara suplicante le dibujó una sonrisa macabra en el perfecto rostro.
-Dilo.
Sentí cómo el pánico me estrujaba las entrañas. Mi orgullo me impedía ceder, me impedía pronunciar lo que el quería oír aunque deseara decírselo desde ese día y para siempre. Le atraje hacia mí; su cara se tornó lasciva y altiva a un tiempo. Mis labios se acercaron a su oído, curvándose para pronunciar un "te quiero" que nunca salió. Mis manos se adelantaron a mi voz como si quisieran impedir el desastre y obligaron a nuestros labios sellarse. Él intentó apartarse, contrariado por no haber conseguido su propósito, pero el deseo era más fuerte, y la sensación de victoria mucho más placentera que cualquier palabra vacua.
Ella se había rendido, lo sabía.
jueves, 15 de enero de 2009
Quince.
Cuando lo conoció, le resultó amenazador. Se sentía diminuta a su lado, impresionada por su colosal altura. No era capaz de mirarle directamente, temerosa de que sus ojos negros se clavaran en ella y la hirieran. Ella no era más que una simple criadita y él, aunque parco en palabras, era un pilar fundamental de La Vipére Noire.
Pero cuando Catherine comenzó a explotar su cuerpo y pasó a pertenecer a la élite del local, dejó de espiarle agazapada en la puerta de su habitación, deseando su tez oscura, sus manos grandes y las miradas desde aquellos ojos negros y profundos como el mayor de los abismos. Pudo mirarle de frente, sonreírle; y, sin embargo, seguía siendo demasiado tímida para hablarle sin sonrojarse intensamente o tartamudear.
Aquella noche se sentía espléndida, llena de vitalidad. Los clientes volvían las cabezas a su paso y los piropos eran constantes. Al menos una decena de hombres pasaron aquella noche por su habitación; deseosos de ella.
Sólo pudo descansar cuando las primeras luces del alba se colaban curiosas por las ventanas de su habitación. Corrió los cortinajes de terciopelo oscuro y se tumbó en la cama sin molestarse en quitarse la bata de seda. Los minutos pasaban y el sueño se iba apoderado de ella con sutileza.
No oyó la puerta abrirse suavemente y tampoco notó las manos que descubrían su cuerpo hasta que el frío la hizo estremecer. Una lengua se deslizaba rápidamente por sus pezones, ayudándose con los dientes para erigirlos hasta el límite. Unos dedos ágiles abrieron sus piernas y se introdujeron lentamente, produciéndole un placer que rara vez conseguía sentir.
Entreabrió lo ojos y sólo vio oscuridad, pero el aroma penetrante y dulzón del camarero inundó sus fosas nasales al instante. Volvió a cerrarlos, satisfecha, sonriendo para sus adentros.
-Mousse...
Se retorció violentamente y gritó cuando el placer llegó a su punto máximo, pero él no la dejó parar. Siguió dentro de ella, una y otra vez, durante horas. Catherine nunca se había sentido tan plena, tan feliz. Cayó en un sueño profundo, y, cuando despertó, nunca supo si aquello había pasado o sólo había el sueño más maravilloso de su vida.
Pero cuando Catherine comenzó a explotar su cuerpo y pasó a pertenecer a la élite del local, dejó de espiarle agazapada en la puerta de su habitación, deseando su tez oscura, sus manos grandes y las miradas desde aquellos ojos negros y profundos como el mayor de los abismos. Pudo mirarle de frente, sonreírle; y, sin embargo, seguía siendo demasiado tímida para hablarle sin sonrojarse intensamente o tartamudear.
Aquella noche se sentía espléndida, llena de vitalidad. Los clientes volvían las cabezas a su paso y los piropos eran constantes. Al menos una decena de hombres pasaron aquella noche por su habitación; deseosos de ella.
Sólo pudo descansar cuando las primeras luces del alba se colaban curiosas por las ventanas de su habitación. Corrió los cortinajes de terciopelo oscuro y se tumbó en la cama sin molestarse en quitarse la bata de seda. Los minutos pasaban y el sueño se iba apoderado de ella con sutileza.
No oyó la puerta abrirse suavemente y tampoco notó las manos que descubrían su cuerpo hasta que el frío la hizo estremecer. Una lengua se deslizaba rápidamente por sus pezones, ayudándose con los dientes para erigirlos hasta el límite. Unos dedos ágiles abrieron sus piernas y se introdujeron lentamente, produciéndole un placer que rara vez conseguía sentir.
Entreabrió lo ojos y sólo vio oscuridad, pero el aroma penetrante y dulzón del camarero inundó sus fosas nasales al instante. Volvió a cerrarlos, satisfecha, sonriendo para sus adentros.
-Mousse...
Se retorció violentamente y gritó cuando el placer llegó a su punto máximo, pero él no la dejó parar. Siguió dentro de ella, una y otra vez, durante horas. Catherine nunca se había sentido tan plena, tan feliz. Cayó en un sueño profundo, y, cuando despertó, nunca supo si aquello había pasado o sólo había el sueño más maravilloso de su vida.
Sabes que no quería escribir esto, que me siento demasiado violenta imaginándote haciendo suciedades con mi camarero xD. Pero es tuyo, es tu regalo, y aquí lo tienes.
Gracias por las innumerables cosas que hemos vivido y por las que aún nos quedan. Sabes que te quiero muchísimo *O*.
Feliz Cumpleaños, Arebita.
sábado, 27 de diciembre de 2008
Veintisiete.
-¿Esperar realmente merece la pena?
-Debería odiarle, ¿no es cierto? Odiarle por abandonarme, por irse donde sus obligaciones no lo encuentren. -Tenía la vista clavada en el horizonte infinito. No distinguía los perfiles de las casas y las fábricas lejanas; mi mente estaba mucho más lejos, donde el mar bañaba tierras extrañas. Las luces que se encendían lentamente ante la pronta caída del sol no suponían ninguna diferencia para mí. -Nunca ha sido una persona que se enfrente a los problemas; él más bien era de los que se limitaba a esperar que, o bien se solucionaran solos, o bien alguien los solucionara por él. Yo ya sabía eso cuando acepté, no puedo echárselo en cara. Pero… -la miré durante un momento- eso no significa que no me haya defraudado. Nunca me había sentido así. ¿Alguna vez has notado cómo el peso de la decepción es tan grande que hace tu mundo añicos en apenas segundos, Christine? –No le di tiempo para responder. Necesitaba desahogarme, sacar el veneno que me consumía lentamente y que tarde o temprano acabaría por matarme.- Pensaba… Dios, ¡soy tan estúpida! Llegué a pensar que me quería –reí.- Quererme… Ahora que lo digo en voz alta es tan ridículo que me avergüenzo de haberlo pensado. ¿Se hace tanto daño a alguien que se quiere? Yo no soy una persona fácil de conocer, y tampoco de tratar, y cierto es que en ocasiones era demasiado adusta, y que mis comentarios podían resultar un tanto hirientes o fríos, pero cuando se está tan podrida por dentro como lo estoy yo, es difícil no ser así. Juro que no era mi intención. ¿Cómo iban a ser intencionados si él era lo único que me importaba? Me esforcé tanto por hacer que fuera feliz, por que sus días aquí fueran los mejores. ¿Y qué he conseguido? – Las lágrimas congregadas en mi garganta se habían propuesto silenciar mi voz. Ya no podía ni quería parar, así que carraspeé y seguí adelante. Madame Black se había sentado en una silla de caoba y me escuchaba atentamente, imperturbable. –He conseguido que no quiera volver, que ame a otra, que me olvide irremediablemente como si jamás hubiera existido. No merezco un final así. ¡Felicidad, eso era lo único que yo merecía! Y él era capaz de dármela sólo con su presencia. ¿Cómo puede un ser humano inteligente tener la felicidad al alcance de la mano y despreciarla de ese modo? Yo le ofrecía toda la dicha del mundo; juro que habría sacrificado mi vida entera por él. Tonta de mí, pues incluso hubiera sido la esposa fiel, atenta, sumisa y cariñosa que ansiaba. Anula toda mi capacidad de raciocinio. Es una droga y no soy capaz de desengancharme. No sé qué espera de mí, no sé qué quiere, y eso me hace sentir una frustración degradante, un excelso dolor. Nunca habla y no lo entiendo. Siempre le cuento lo que pienso de esta farsa de relación, lo que me provoca. Pero él se limita a encoger los hombros y decir que está confuso. No entiendo nada… -Me llevé las manos a la cabeza y empecé a sollozar.- No sé cómo van a acabar las cosas…
Christine se levantó. Caminó unos pocos pasos y se situó delante de mí, con aquel aire imponente característico pero la mirada llena de infinita dulzura.
-Lo sabes, petite Victoire. Sabes que no puedes estar con él, aunque lo desees con todas tus fuerzas. Sabes que su marcha es lo mejor que te ha podido pasar en la vida. Olvidar es el consuelo de los idiotas. Mantén su recuerdo y aprende del error que ha supuesto para ti. Inmortaliza lo que te hizo sentir: el dolor, el odio, la frustración, e incluso el placer o el amor; pero nunca, bajo ningún concepto, te dejes llevar por esos recuerdos. El pasado está muerto. Sólo te queda futuro.
-Debería odiarle, ¿no es cierto? Odiarle por abandonarme, por irse donde sus obligaciones no lo encuentren. -Tenía la vista clavada en el horizonte infinito. No distinguía los perfiles de las casas y las fábricas lejanas; mi mente estaba mucho más lejos, donde el mar bañaba tierras extrañas. Las luces que se encendían lentamente ante la pronta caída del sol no suponían ninguna diferencia para mí. -Nunca ha sido una persona que se enfrente a los problemas; él más bien era de los que se limitaba a esperar que, o bien se solucionaran solos, o bien alguien los solucionara por él. Yo ya sabía eso cuando acepté, no puedo echárselo en cara. Pero… -la miré durante un momento- eso no significa que no me haya defraudado. Nunca me había sentido así. ¿Alguna vez has notado cómo el peso de la decepción es tan grande que hace tu mundo añicos en apenas segundos, Christine? –No le di tiempo para responder. Necesitaba desahogarme, sacar el veneno que me consumía lentamente y que tarde o temprano acabaría por matarme.- Pensaba… Dios, ¡soy tan estúpida! Llegué a pensar que me quería –reí.- Quererme… Ahora que lo digo en voz alta es tan ridículo que me avergüenzo de haberlo pensado. ¿Se hace tanto daño a alguien que se quiere? Yo no soy una persona fácil de conocer, y tampoco de tratar, y cierto es que en ocasiones era demasiado adusta, y que mis comentarios podían resultar un tanto hirientes o fríos, pero cuando se está tan podrida por dentro como lo estoy yo, es difícil no ser así. Juro que no era mi intención. ¿Cómo iban a ser intencionados si él era lo único que me importaba? Me esforcé tanto por hacer que fuera feliz, por que sus días aquí fueran los mejores. ¿Y qué he conseguido? – Las lágrimas congregadas en mi garganta se habían propuesto silenciar mi voz. Ya no podía ni quería parar, así que carraspeé y seguí adelante. Madame Black se había sentado en una silla de caoba y me escuchaba atentamente, imperturbable. –He conseguido que no quiera volver, que ame a otra, que me olvide irremediablemente como si jamás hubiera existido. No merezco un final así. ¡Felicidad, eso era lo único que yo merecía! Y él era capaz de dármela sólo con su presencia. ¿Cómo puede un ser humano inteligente tener la felicidad al alcance de la mano y despreciarla de ese modo? Yo le ofrecía toda la dicha del mundo; juro que habría sacrificado mi vida entera por él. Tonta de mí, pues incluso hubiera sido la esposa fiel, atenta, sumisa y cariñosa que ansiaba. Anula toda mi capacidad de raciocinio. Es una droga y no soy capaz de desengancharme. No sé qué espera de mí, no sé qué quiere, y eso me hace sentir una frustración degradante, un excelso dolor. Nunca habla y no lo entiendo. Siempre le cuento lo que pienso de esta farsa de relación, lo que me provoca. Pero él se limita a encoger los hombros y decir que está confuso. No entiendo nada… -Me llevé las manos a la cabeza y empecé a sollozar.- No sé cómo van a acabar las cosas…
Christine se levantó. Caminó unos pocos pasos y se situó delante de mí, con aquel aire imponente característico pero la mirada llena de infinita dulzura.
-Lo sabes, petite Victoire. Sabes que no puedes estar con él, aunque lo desees con todas tus fuerzas. Sabes que su marcha es lo mejor que te ha podido pasar en la vida. Olvidar es el consuelo de los idiotas. Mantén su recuerdo y aprende del error que ha supuesto para ti. Inmortaliza lo que te hizo sentir: el dolor, el odio, la frustración, e incluso el placer o el amor; pero nunca, bajo ningún concepto, te dejes llevar por esos recuerdos. El pasado está muerto. Sólo te queda futuro.
Última entrada de 2008.
Sólo quedan 25 :).
Feliz Navidad, y esas cosas.
martes, 23 de diciembre de 2008
Veintitrés.
Sobriedad era la palabra que mejor describía aquella casa. Ningún color desentonaba o resultaba demasiado chillón, ningún adorno era estrafalario o exótico, ningún mueble era atrevido o innovador, ninguna tela, aunque de buena calidad, rebosaba lujo.
Y qué decir de sus moradores.
La mujer escondía su evidentísimo sobrepeso con amplias faldas y cuellos altos de colores apagados. De una estatura muy superior a la media, tenía la cara palidísima y el pelo rojizo recogido en un moño alto. Los pequeños ojos porcinos lo miraban todo con desaprobación.
El hombre era enjuto y los años lo habían encorvado. Movía las manos nerviosamente y acto seguido se pasaba una por la inexistente cabellera. Vivía supeditado a su mujer, cualquiera podía darse cuenta, pero su tono de voz era autoritario y no admitía réplica.
Sin embargo, el hijo, aunque se mimetizaba en el ambiente con las ropas oscuras y el gesto adusto, desprendía rebeldía por cada poro de su piel. Sus ojos castaños brillaban con inteligencia, con la pasión de aquel que ama el arte. Se movía con gracilidad, como si cada paso fuera parte de un gran baile.
Amaba tocar el piano. Sus dedos ágiles se deslizaban por las teclas con soltura, con delicadeza. Le gustaba interpretar a clásicos y contemporáneos, pero, por encima de todo, le gustaba componer sus propias piezas. Eran oscuras, como todo lo que él conocía, pero llenas de vitalidad y carisma.
Un día no demasiado especial, aquel chico de cabellos como el fuego decidió seguir con sus estudios musicales de forma seria para convertirse en un futuro cercano en todo un profesional.
-No pisarás el conservatorio, Antoine. Tu destino es seguir los pasos de tu padre y dirigir el bufete más prestigioso de la ciudad.
-Pero… ¡madre!- la miró con un mohín compungido desde el sillín del piano. Buscó la mirada de su padre y encontró una indiferencia fría y cortante.
-No se hable más. No irás mientras vivas bajo nuestro techo. Bastante hicimos permitiendo que aprendieras a tocar ese maldito instrumento. ¡Incluso hemos permitido que vayas al teatro a ver el ballet! ¿Qué más quieres? Un hombre de tu posición no debería ir a sitios como esos sino para acompañar a su mujer.
Antoine no la escuchaba. Su cerebro valoraba rápidamente las posibilidades, temeroso de encontrar alguna complicación.
Cuando dejó de oír el murmullo constante de la voz de su madre, musitó una afirmación y salió de la habitación cabizbajo. Una vez fuera del campo de visión paterno, corrió escaleras arriba.
Cerró la puerta y se tiró en la cama, esperando pacientemente la llegada del anochecer. El resplandor rojo del sol poniente se apagó despacio, y cuando las primeras estrellas empezaban a brillar, los ruidos amortiguados de pisadas y conversaciones de los criados se extinguieron dando paso a un silencio sepulcral. Antoine se levantó todo lo despacio que pudo, conteniendo la respiración. Abrió un par de cajones y sacó unas cuantas mudas y algo de ropa de abrigo, que metió en un pequeño saco. De una caja de madera escondida tras una pila de libros de Derecho sacó un fajo de billetes y lo guardó en el bolsillo de su chaleco de seda.
La ventana cedió suavemente. El aire era más cálido que otras noches, y Antoine lo consideró una buena señal. Pudo a duras penas sentarse en el poyete, pero una vez que lo hizo, el resto de acciones le parecieron de extrema sencillez. Sus ropas se engancharon en las zarzas del jardín, que parecían querer retenerlo, obligarlo a permanecer en aquella jaula de oro que era su hogar.
Corrió durante horas amparado por las sombras. Cuando paró, exhausto y magullado, el río se extendía ante él, ancho y lúgubre, colmado de pequeñas embarcaciones y grandes flotas.
Sólo el murmullo tenue del fluir del agua enturbiaba la paz reinante. Antoine se sintió libre por primera vez en su vida. Respiró aquel aire contaminado, dejó que inundara sus pulmones. Se habría tirado de buena gana a aquel torrente gritando como un loco, saboreando la independencia.
Pero una figura femenina rompió la magia con su presencia.
Y qué decir de sus moradores.
La mujer escondía su evidentísimo sobrepeso con amplias faldas y cuellos altos de colores apagados. De una estatura muy superior a la media, tenía la cara palidísima y el pelo rojizo recogido en un moño alto. Los pequeños ojos porcinos lo miraban todo con desaprobación.
El hombre era enjuto y los años lo habían encorvado. Movía las manos nerviosamente y acto seguido se pasaba una por la inexistente cabellera. Vivía supeditado a su mujer, cualquiera podía darse cuenta, pero su tono de voz era autoritario y no admitía réplica.
Sin embargo, el hijo, aunque se mimetizaba en el ambiente con las ropas oscuras y el gesto adusto, desprendía rebeldía por cada poro de su piel. Sus ojos castaños brillaban con inteligencia, con la pasión de aquel que ama el arte. Se movía con gracilidad, como si cada paso fuera parte de un gran baile.
Amaba tocar el piano. Sus dedos ágiles se deslizaban por las teclas con soltura, con delicadeza. Le gustaba interpretar a clásicos y contemporáneos, pero, por encima de todo, le gustaba componer sus propias piezas. Eran oscuras, como todo lo que él conocía, pero llenas de vitalidad y carisma.
Un día no demasiado especial, aquel chico de cabellos como el fuego decidió seguir con sus estudios musicales de forma seria para convertirse en un futuro cercano en todo un profesional.
-No pisarás el conservatorio, Antoine. Tu destino es seguir los pasos de tu padre y dirigir el bufete más prestigioso de la ciudad.
-Pero… ¡madre!- la miró con un mohín compungido desde el sillín del piano. Buscó la mirada de su padre y encontró una indiferencia fría y cortante.
-No se hable más. No irás mientras vivas bajo nuestro techo. Bastante hicimos permitiendo que aprendieras a tocar ese maldito instrumento. ¡Incluso hemos permitido que vayas al teatro a ver el ballet! ¿Qué más quieres? Un hombre de tu posición no debería ir a sitios como esos sino para acompañar a su mujer.
Antoine no la escuchaba. Su cerebro valoraba rápidamente las posibilidades, temeroso de encontrar alguna complicación.
Cuando dejó de oír el murmullo constante de la voz de su madre, musitó una afirmación y salió de la habitación cabizbajo. Una vez fuera del campo de visión paterno, corrió escaleras arriba.
Cerró la puerta y se tiró en la cama, esperando pacientemente la llegada del anochecer. El resplandor rojo del sol poniente se apagó despacio, y cuando las primeras estrellas empezaban a brillar, los ruidos amortiguados de pisadas y conversaciones de los criados se extinguieron dando paso a un silencio sepulcral. Antoine se levantó todo lo despacio que pudo, conteniendo la respiración. Abrió un par de cajones y sacó unas cuantas mudas y algo de ropa de abrigo, que metió en un pequeño saco. De una caja de madera escondida tras una pila de libros de Derecho sacó un fajo de billetes y lo guardó en el bolsillo de su chaleco de seda.
La ventana cedió suavemente. El aire era más cálido que otras noches, y Antoine lo consideró una buena señal. Pudo a duras penas sentarse en el poyete, pero una vez que lo hizo, el resto de acciones le parecieron de extrema sencillez. Sus ropas se engancharon en las zarzas del jardín, que parecían querer retenerlo, obligarlo a permanecer en aquella jaula de oro que era su hogar.
Corrió durante horas amparado por las sombras. Cuando paró, exhausto y magullado, el río se extendía ante él, ancho y lúgubre, colmado de pequeñas embarcaciones y grandes flotas.
Sólo el murmullo tenue del fluir del agua enturbiaba la paz reinante. Antoine se sintió libre por primera vez en su vida. Respiró aquel aire contaminado, dejó que inundara sus pulmones. Se habría tirado de buena gana a aquel torrente gritando como un loco, saboreando la independencia.
Pero una figura femenina rompió la magia con su presencia.
lunes, 15 de diciembre de 2008
Quince.
Coqueteaba con unos y otros, derrochando sonrisas, mientras las gotas de lluvia golpeaban insistentemente los cristales del burdel. Me sentía desorientada e inapetente; notaba la actividad frenética de La Vipére girar a mi alrededor demasiado deprisa para seguirla. Miré el reloj de pared ansiosa. Edouard había prometido venir a visitarme a las diez y ya hacía más de una hora que había llegado la medianoche.
Abrieron la puerta estrepitosamente. Edouard se apoyó contra el marco, empapado, farfullando incoherencias y saludos, mientras el gélido viento de la ciudad arañaba las cortinas y luchaba con las velas. Mechones de pelo negro le caían desordenadamente por la cara y llevaba la pajarita desabrochada y la camisa a medio poner. Lucía una sonrisa idiota, que se intensificó cuando me distinguió entre la multitud.
-¡Vicky…!- se acercó. Apestaba a alcohol. Extendió los brazos hacia a mí pero me eché ágilmente hacia un lado. Edouard tenía el cuello lleno de marcas de carmín.
-No te me acerques después de haber estado con una furcia cualquiera.
Soltó una risotada y me cogió por la cintura violentamente, atrayéndome hacia el.
-¿Acaso tú eres más que eso? –susurró, con un tono serio y sobrio que nada tenía que ver con el anterior.
La bofetada resonó por todo el salón. Decenas de caras se volvieron hacia nosotros. El silencio se había apoderado de la Vipére: las conversaciones cesaron de golpe; el piano de Antoine dejó de tocar sus decadentes notas. Edouard abrió la boca al tiempo que se acariciaba la mejilla adolorida. Madame Black se alzó majestuosa y, tras un gesto, el bullicio habitual comenzó de nuevo.
No esperé a ver la reacción de Edouard y caminé apresuradamente hasta mi habitación. Cerré la puerta con un golpe y me tiré contra el sillón, llena de rabia. Edouard golpeó la puerta, demasiado borracho para encontrar el manillar. Balbuceó insultos durante un rato, maldijo para que le dejara entrar, y, cuando se dio por vencido, susurró palabras tiernas para que me ablandara.
-No malgastes tu miserable tiempo aquí, Edouard. No tengo ninguna intención de dejarte pasar.
-¡Vas a dejarme, Victoria! ¡Eres una puta y reclamo tus servicios!
No sé cómo lo hizo, ni de dónde sacó las fuerzas, pero consiguió desencajar la puerta. Entró hecho una furia, desharrapado y ojeroso, mirándome desafiante. Un portazo resonó con violencia; la madera crujió. No me moví cuando se acercó lentamente, segura de que no sería capaz de hacerme daño.
Me empujó contra la cama y se me echó encima. Pataleé y lo golpeé con toda la fuerza que mi cuerpo me permitía, pero, incluso borracho, él podía someterme con la facilidad con la que un buey se somete a un yugo. Desgarró las telas que me cubrían, arañó mi piel con saña. Sus labios quemaban, sus manos me producían asco. El cansancio se apoderaba de mí y el deseo de sucumbir a sus exigencias cobraba fuerza.
Pero nunca había dejado que un cliente me hiciera más de lo que yo quería.
Él no sería el primero.
Dejé de luchar, y Edouard se sorprendió. Ese momento de duda me sirvió para escabullirme de su peso y levantarme para salir de allí. Él fue más rápido, y antes de darme tiempo a alcanzar el manillar y escapar, saltó de la cama, y me agarró de la cintura.
Grité pidiendo ayuda, pero nadie parecía oírme. Me arrastró de nuevo al lecho, arrancando los jirones que quedaban de mis ropas. El brillo en sus ojos era demencial, amenazador.
-¿Para qué te esfuerzas? Todos creerán que gritas de placer… No es muy distinto a lo que sueles hacer, ¿no crees?...
Caí de rodillas, desnuda y desvalida, aún gritando. El contacto con su piel me hizo retorcerme, asediada por la repugnancia. No paraba de moverse dolorosamente dentro de mí, a mi espalda, como si no fuéramos más que dos perros salvajes. Cada embestida era una lágrima, un arañazo en la piel de las manos que se aferraban a la colcha intentando disuadir el dolor. Cerré los ojos con fuerza para evitar los recuerdos, para evitar ser consciente de que aquella escena era parte también de mi pasado.
Cuando se hubo satisfecho, me dejó allí tirada, exhausta y maltratada, llena de un dolor más intenso que el que sentía entre las piernas.
Podría haber esperado muchas cosas de Edouard, pero no esto.
Abrieron la puerta estrepitosamente. Edouard se apoyó contra el marco, empapado, farfullando incoherencias y saludos, mientras el gélido viento de la ciudad arañaba las cortinas y luchaba con las velas. Mechones de pelo negro le caían desordenadamente por la cara y llevaba la pajarita desabrochada y la camisa a medio poner. Lucía una sonrisa idiota, que se intensificó cuando me distinguió entre la multitud.
-¡Vicky…!- se acercó. Apestaba a alcohol. Extendió los brazos hacia a mí pero me eché ágilmente hacia un lado. Edouard tenía el cuello lleno de marcas de carmín.
-No te me acerques después de haber estado con una furcia cualquiera.
Soltó una risotada y me cogió por la cintura violentamente, atrayéndome hacia el.
-¿Acaso tú eres más que eso? –susurró, con un tono serio y sobrio que nada tenía que ver con el anterior.
La bofetada resonó por todo el salón. Decenas de caras se volvieron hacia nosotros. El silencio se había apoderado de la Vipére: las conversaciones cesaron de golpe; el piano de Antoine dejó de tocar sus decadentes notas. Edouard abrió la boca al tiempo que se acariciaba la mejilla adolorida. Madame Black se alzó majestuosa y, tras un gesto, el bullicio habitual comenzó de nuevo.
No esperé a ver la reacción de Edouard y caminé apresuradamente hasta mi habitación. Cerré la puerta con un golpe y me tiré contra el sillón, llena de rabia. Edouard golpeó la puerta, demasiado borracho para encontrar el manillar. Balbuceó insultos durante un rato, maldijo para que le dejara entrar, y, cuando se dio por vencido, susurró palabras tiernas para que me ablandara.
-No malgastes tu miserable tiempo aquí, Edouard. No tengo ninguna intención de dejarte pasar.
-¡Vas a dejarme, Victoria! ¡Eres una puta y reclamo tus servicios!
No sé cómo lo hizo, ni de dónde sacó las fuerzas, pero consiguió desencajar la puerta. Entró hecho una furia, desharrapado y ojeroso, mirándome desafiante. Un portazo resonó con violencia; la madera crujió. No me moví cuando se acercó lentamente, segura de que no sería capaz de hacerme daño.
Me empujó contra la cama y se me echó encima. Pataleé y lo golpeé con toda la fuerza que mi cuerpo me permitía, pero, incluso borracho, él podía someterme con la facilidad con la que un buey se somete a un yugo. Desgarró las telas que me cubrían, arañó mi piel con saña. Sus labios quemaban, sus manos me producían asco. El cansancio se apoderaba de mí y el deseo de sucumbir a sus exigencias cobraba fuerza.
Pero nunca había dejado que un cliente me hiciera más de lo que yo quería.
Él no sería el primero.
Dejé de luchar, y Edouard se sorprendió. Ese momento de duda me sirvió para escabullirme de su peso y levantarme para salir de allí. Él fue más rápido, y antes de darme tiempo a alcanzar el manillar y escapar, saltó de la cama, y me agarró de la cintura.
Grité pidiendo ayuda, pero nadie parecía oírme. Me arrastró de nuevo al lecho, arrancando los jirones que quedaban de mis ropas. El brillo en sus ojos era demencial, amenazador.
-¿Para qué te esfuerzas? Todos creerán que gritas de placer… No es muy distinto a lo que sueles hacer, ¿no crees?...
Caí de rodillas, desnuda y desvalida, aún gritando. El contacto con su piel me hizo retorcerme, asediada por la repugnancia. No paraba de moverse dolorosamente dentro de mí, a mi espalda, como si no fuéramos más que dos perros salvajes. Cada embestida era una lágrima, un arañazo en la piel de las manos que se aferraban a la colcha intentando disuadir el dolor. Cerré los ojos con fuerza para evitar los recuerdos, para evitar ser consciente de que aquella escena era parte también de mi pasado.
Cuando se hubo satisfecho, me dejó allí tirada, exhausta y maltratada, llena de un dolor más intenso que el que sentía entre las piernas.
Podría haber esperado muchas cosas de Edouard, pero no esto.
martes, 2 de diciembre de 2008
Dos.
A veces tienes a una persona especial tan cerca que ni siquiera eres capaz de notar su presencia. Yo no fui capaz de darme cuenta de que ella estaba allí hasta que decidió darlo todo por perdido.
Ella era diferente. Era, sorprendentemente, inteligente y culta.
Yo la usé. Era una puta, ¿no se supone que es lo que debía hacer? Ella se dejó usar; para eso la pagaba. La deseaba, sin duda, pero no era sólo deseo sexual.
Yo la engañé, vaya que si lo hice. Le prometí que uniría mi vida a la suya eternamente. Quizá fue una inmadura rebelión de mi subconsciente, un deseo tan inherente y reprimido que me oprimía el alma y luchaba por salir. Y salió. Y lo arruinó todo.
Seguramente a fecha de hoy ella seguiría proporcionándome placer sin mayor complicación que la de habernos satisfecho si nunca hubiera cometido tal error. Pero no volveré a combatir el frío con su calor ni a beber de sus labios, ni podré hacerle sentir placer jamás.
Yo la traicioné. Me contó su origen, sus secretos, sus miedos. Yo me apoyé en ella; a su lado mis inseguridades adolescentes se diluían cuando su voz solucionaba mis problemas con firmeza. Victoria, a diferencia de mí, era segura de sí misma, sabía de sobra lo que quería y cómo lo quería, y lo que tenía que hacer para conseguirlo.
Me quería a mí; con el paso del tiempo fue tan obvio que cualquiera se habría dado cuenta. Cualquiera menos yo, por supuesto. Mi ego acababa por las nubes cada vez que salía de La Vipére Noire, pero yo simplemente pensaba que ella jugaba bien su papel.
¿La quise? Realmente no lo sé. Quererla, amarla, no era lo correcto. Dentro de su habitación, nuestro pequeño mundo, sólo éramos Victoria y Edouard, sin títulos ni obligaciones. Pero una vez que estábamos fuera, yo era Monsieur Decroix y ella una simple prostituta. No había un nosotros, y nunca lo habría.
¿Me importa? No fui capaz de llorar el día que me echó de la Vipére entre gritos. Pensé, erróneamente, que sería un enfado más de tantos. Cuando no quiso volver a recibirme, cuando Madame Black me confirmó que Victoria no quería verme más, supe que sería definitivo. Tampoco entonces derramé una sola lágrima.
Lo merezco. Sería estúpido por mi parte pensar que no, después de haberle causado tanto dolor, pero a veces no puedo evitar pensar que ella sabía dónde se metía, sabía quién era yo, cuáles eran mis obligaciones como rico heredero. Pero estuvo tan cerca de conseguir sus objetivos…
El cielo estaba cubierto de nubes grises y la atmósfera era húmeda, cargada, desagradable. Sin embargo, unos finos rayos de sol atravesaban, no sin esfuerzo, la espesura, y una irreal claridad inundó el canal, haciendo brillar el agua turbia del río. Ella intentando abrirse paso en mi vida… Sonreí por lo absurdo de la metáfora.
La echaba de menos, no podía negarlo. Con suerte, no la echaría de menos en unos meses. Nunca habría existido. Era lo mejor…
Ella era diferente. Era, sorprendentemente, inteligente y culta.
Yo la usé. Era una puta, ¿no se supone que es lo que debía hacer? Ella se dejó usar; para eso la pagaba. La deseaba, sin duda, pero no era sólo deseo sexual.
Yo la engañé, vaya que si lo hice. Le prometí que uniría mi vida a la suya eternamente. Quizá fue una inmadura rebelión de mi subconsciente, un deseo tan inherente y reprimido que me oprimía el alma y luchaba por salir. Y salió. Y lo arruinó todo.
Seguramente a fecha de hoy ella seguiría proporcionándome placer sin mayor complicación que la de habernos satisfecho si nunca hubiera cometido tal error. Pero no volveré a combatir el frío con su calor ni a beber de sus labios, ni podré hacerle sentir placer jamás.
Yo la traicioné. Me contó su origen, sus secretos, sus miedos. Yo me apoyé en ella; a su lado mis inseguridades adolescentes se diluían cuando su voz solucionaba mis problemas con firmeza. Victoria, a diferencia de mí, era segura de sí misma, sabía de sobra lo que quería y cómo lo quería, y lo que tenía que hacer para conseguirlo.
Me quería a mí; con el paso del tiempo fue tan obvio que cualquiera se habría dado cuenta. Cualquiera menos yo, por supuesto. Mi ego acababa por las nubes cada vez que salía de La Vipére Noire, pero yo simplemente pensaba que ella jugaba bien su papel.
¿La quise? Realmente no lo sé. Quererla, amarla, no era lo correcto. Dentro de su habitación, nuestro pequeño mundo, sólo éramos Victoria y Edouard, sin títulos ni obligaciones. Pero una vez que estábamos fuera, yo era Monsieur Decroix y ella una simple prostituta. No había un nosotros, y nunca lo habría.
¿Me importa? No fui capaz de llorar el día que me echó de la Vipére entre gritos. Pensé, erróneamente, que sería un enfado más de tantos. Cuando no quiso volver a recibirme, cuando Madame Black me confirmó que Victoria no quería verme más, supe que sería definitivo. Tampoco entonces derramé una sola lágrima.
Lo merezco. Sería estúpido por mi parte pensar que no, después de haberle causado tanto dolor, pero a veces no puedo evitar pensar que ella sabía dónde se metía, sabía quién era yo, cuáles eran mis obligaciones como rico heredero. Pero estuvo tan cerca de conseguir sus objetivos…
El cielo estaba cubierto de nubes grises y la atmósfera era húmeda, cargada, desagradable. Sin embargo, unos finos rayos de sol atravesaban, no sin esfuerzo, la espesura, y una irreal claridad inundó el canal, haciendo brillar el agua turbia del río. Ella intentando abrirse paso en mi vida… Sonreí por lo absurdo de la metáfora.
La echaba de menos, no podía negarlo. Con suerte, no la echaría de menos en unos meses. Nunca habría existido. Era lo mejor…
Para ti, que has leído esto y has acabado con la sensación de que no son más que sandeces.
Lo sé, pero soñar es gratis.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

